Lindsay Clancy y el monstruo de Frankenstein

Scritto il 06/09/2026
da Máriam Martínez-Bascuñán

Mary Shelley ya diagnosticó ese doble rasero por el cual al varón lo dotamos de un dolor trágico que a una mujer siempre le negaríamos

Un crimen atroz atrae siempre a la multitud, y ninguno como el de la madre que mata a sus hijos. Pero las mujeres que han llenado durante semanas el juicio de Lindsay Clancy no acudían a un espectáculo, sino a mirarla de cerca, cuaderno en mano, buscando reconocer en ella algo propio. Lo ha contado Stephanie McCrummen en The Atlantic, en una crónica de atmósfera y de escucha que enfoca la cámara hacia atrás, a las dos filas de bancos donde se sientan estas peculiares espectadoras. Pero volvamos al juicio. La defensa retrata a una madre que pidió ayuda sin descanso (visitas al psiquiatra, medicaciones, urgencias) y fue abandonada por un sistema fragmentado; la Fiscalía, a una mujer con recursos que sabía lo que hacía. Yo, mientras la leía, pensaba en un monstruo de hace dos siglos. En 1816, con 18 años, Mary Shelley imaginó a un hombre que crea una vida y, en el instante en que su criatura abre los ojos, huye de la habitación, asqueado. De ese abandono nacerá una cadena de muertes. La crítica feminista Ellen Moers leyó Frankenstein como un “mito del nacimiento”, una novela sobre la maternidad cuyo verdadero horror no es crear vida, sino abandonarla. Y lo decisivo es lo que Shelley hace con nuestra mirada: coloca a ese padre-creador exactamente allí donde la cultura pondría a una madre monstruosa (la que engendra y reniega) y consigue que lo compadezcamos, que veamos su tragedia. A Lindsay, la Fiscalía la muestra dejando a sus hijos como juguetes rotos en el suelo del sótano: la madre monstruo, la categoría más antigua del repertorio y —por qué negarlo— la más cómoda para todos. Existe hasta el nombre médico, psicosis puerperal, y aun así elegimos el monstruo. Ese doble rasero también lo diagnosticó Shelley: al varón lo dotamos de un dolor trágico que a una mujer, por lo mismo, siempre le negaríamos.

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